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Restauración del Snow Cat utilizado en la Operación 90









La Operación


El 10 de diciembre de 1965, la primera expedición terrestre al Polo Sur, bautizada como "Operación 90" y comandada por el entonces coronel Jorge Leal, izó nuestra bandera en el vértice sur de la Patria y del mundo, coronando una aspiración de los argentinos iniciada en 1951, con la fundación de la Base San Martín debajo del Círculo Polar Antártico.

Con seis tractores oruga snow-cat, 10 hombres recorrieron 2.900 kilómetros en la región más inhóspita del planeta, plagada de invisibles grietas, bajo un clima extremo y esporádicos vientos blancos.  Fue esa la primera vez que una expedición terrestre alcanzaba el Polo Sur desde el mar de Weddell, atravesando el Macizo Saravia para trepar a la Meseta Polar, y transitando siempre nuestro propio territorio.

El 26 de octubre de 1965 una patrulla de hombres del Ejército partió desde la Base General Belgrano iniciando una marcha terrestre hasta el Polo Sur. Aquellos hombres alcanzaron el punto más austral de la Argentina y de la Tierra 66 días más tarde, el 10 de diciembre de ese mismo año.



Ricardo Ceppi fue uno de los diez militares que recorrieron casi 3 mil kilómetros con temperaturas que en algunas ocasiones llegaba a los 70 grados bajo cero y los vientos alcanzaban los 300 kilómetros por hora. Fue quien introdujo 60 reformas mecánicas a las orugas y posibilitó que se adecuaran a las inclemencias y al terreno hostil.  Los integrantes de la expedición, como queda dicho, habían salido de la base el 26 de octubre, la misma fecha, pero en 2008, en la que el tractor ingresó al museo de Luján.

Una vez cumplida la misión, el jefe de los expedicionarios, el entonces coronel Jorge Leal, elevó un informe al Comando en Jefe del Ejército, fuerza a la que pertenecían los diez hombres. Entre otras cosas, señalaba que “la Operación 90 escapó de los precisos limites de una operación militar —al carecer de ciertos aspectos estrictamente castrenses— y sí incursionar en otros de carácter científico y político”.

El lugar era así descripto por el jefe de la expedición: “El teatro en donde se desarrolló la Operación 90 forma parte de un continente extraño, que por sus condiciones geoglaciológicas, su clima, por inhóspito y falto de todo recurso, se opone terca y porfiadamente al cumplimiento de toda misión. Una tierra en donde se enseñorea una hostil naturaleza —la más fría y tempestuosa del planeta— reacia a los hombres, perros y máquinas y en donde las tormentas polares y las interferencias magnéticas anulan las comunicaciones y afectan a los instrumentos volviéndolos inexactos e influyendo, por lo tanto en la inteligente confianza que el hombre debe depositar en los mismos. Un lugar en donde los lubricantes se convierten en sebo y los metales se cristalizan, donde las mejores aleaciones se quiebran al desintegrarse la materia”.

Durante los dos meses de marcha se efectuaron observaciones científicas y técnicas de geología, gravimetría, meteorología, etc., observaciones que representaron para el personal un pesado recargo de sus tareas por las hostiles condiciones en que se cumplieron los estudios y porque debían intervenir en los agobiantes trabajos propios de una expedición antártica.



LOS PREPARATIVOS


La Base General Belgrano que el Ejército ocupaba en la barrera de Filchner sería la base de operaciones de esa patrulla.

A fines de noviembre de 1963 el personal de Belgrano comenzó a estudiar sobre el terreno las posibles vías de acceso al interior del continente y planear la instalación de una base secundaria de operaciones, con víveres y combustibles, aproximadamente a los 83º de latitud Sur.

En el asalto al Polo se materializaba un viejo anhelo del general Hernán Pujato, fundador de las Bases San Martín, en Bahía Margarita, y Belgrano, en la barrera de Filchner, y una de las figuras más señeras de nuestras actividades polares.

Debieron elegirse el vestuario, los equipos y los vehículos, seis tractores sno-cats, capaces de transportar al personal, sus equipos y las provisiones.

Difícil fue la selección del personal. Esta selección –entre veteranos antárticos -, era de suma importancia.

En este sentido fue una designación muy importante la del segundo Jefe de la Patrulla de Asalto, el Capitán Gustavo Adolfo Giró, que fue anteriormente Jefe de las Bases del Ejército San Martín y Esperanza, y que cubrieron todas las tareas de preparación del viaje hasta los 82º de latitud Sur.

El Capitán Giró y sus hombres, en cumplimiento de las ordenes recibidas partieron en marzo de 1965 hacia los 82º de latitud Sur, -al pie de las primeras estribaciones de acceso a la alta meseta polar -, jalonando la ruta y montando una construcción que fue provista con cincuenta toneladas de materiales.

Antes de comenzar la larga noche polar quedó instalado el refugio que hoy se conoce como Base de Avanzada Científica Alférez de Navío Sobral.

La estación de apoyo exigió al capitán Giró y a la Dotación de la Base Belgrano, más esfuerzos de lo esperado. Un difícil campo de grietas obligó a detenerse a los hombres con el fin de estudiar y jalonar la zona, llamada mas tarde paso Saravia, que se transformó para los hombres “en un verdadero y difícil combate”.

Recién el 2 de abril de 1965 se inauguró la nueva base que tuvo como primera dotación al Teniente Adolfo Eugenio Goetz, al Sargento Ayudante Julio César Ortiz, al Sargento Primero Adolfo Oscar Moreno y al Cabo Primero Leonardo Guzmán.

En este punto se debe recordar que, gracias a su tesonero esfuerzo, Giró y sus hombres, sin distinción alguna levantaron en un verano lo que estaba previsto se construiría en dos, al punto de que el Capitán Giró solicito que se adelantara la fecha del asalto al Polo Sur.

En un radiograma Giró puntualiza que la base de avanzada contaba con los equipos, víveres y combustibles para apoyar la expedición “y estando todo listo para iniciar la marcha al Polo Sur Geográfico demorar la expedición un año más es contraproducente y puede constituir un fracaso por las siguientes causas: la masa de hielo de la barrera de Filchner está en continuo movimiento y la actual ruta, reconocida y enmarcada, puede en un plazo de dos años sufrir variantes que la anulen, perdiéndose los abastecimientos ya adelantados y el esfuerzo que ello significa”.

Temiendo un posible desprendimiento de hielo en la zona de Belgrano –en ese entonces a dos kilómetros del borde de la barrera -, Giró continuaba: “Si Belgrano sale a navegar para siempre perdemos la oportunidad de llegar al Polo Sur”.



PERSONAL QUE INTERVINO EN LA OPERACIÓN 90

GRUPO DE ASALTO AL POLO SUR

Se trasladaban en vehículos SnowCat con trineos de arrastre.


Coronel Jorge Edgard LEAL Jefe del Grupo de Asalto
Capitán Gustavo Adolfo GIRÓ Segundo Jefe / Jefe de Tareas Científicas
Suboficial Principal Ricardo Bautista CEPPI Mecánico
Sargento Ayudante Julio César ORTÍZ Mecánico
Sargento Ayudante Alfredo Florencio PÉREZ Mecánico
Sargento Primero Jorge Raúl RODRÍGUEZ Mecánico
Sargento Primero Roberto Humberto CARRIÓN Topógrafo
Sargento Primero Adolfo Oscar MORENO Topógrafo
Sargento Primero Domingo ZACARÍAS Comunicaciones
Cabo Oscar Ramón ALFONSO Patrullero

PATRULLA DE RECONOCIMIENTO PARALELO 82


Se trasladaron en trineos con perros hasta el paralelo 83,2ºS

Teniente Adolfo Eugenio GOETZ Jefe de Patrulla
Sargento Primero Ramón VILLAR  
Cabo Primero Marcelo Enoc ÁLVAREZ  
Cabo Primero Leonardo Isabel GUZMÁN  

GRUPO APOYO BASE SOBRAL

Dieron apoyo logístico y radioeléctrico a la expedición.

Teniente Pedro Ángel ACOSTA Jefe de Grupo
Sargento Primero Carlos Guido BULACIO  
Sargento Primero  Hugo Orlando BRITOS  

 

Por supuesto que, tras todos ellos vibraba –silenciosa y permanentemente -, la solidaridad de todo el personal de Belgrano que quedaba pendiente de los acontecimientos.


LA MARCHA

La columna de vehículos partió hacia el Polo a las 10 horas del 26 de octubre de 1965.

Dos días antes lo había hecho la patrulla de trineos del Teniente Goetz, que se adelantaba para cumplir su misión de jalonar el camino.

El primer día de marcha estuvo nublado, con mucho “blanqueo”, debiéndose avanzar con suma lentitud para evitar los Sno-Cat la violencia de un posible choque contra los altos sastrugis, esos profundos surcos que el viento cava en la dura superficie del hielo.

Al día siguiente se entró en el área de la Gran Grieta, en donde a los peligros de la zona muy agrietada se sumó una hostil ventisca baja que anulaba la visibilidad y redujo la velocidad de marcha al mínimo.

Poco después se avistó a la patrulla 82 que, obligada por el temporal, vivaqueaba en plena Gran Grieta.

A partir de ese momento los Sno-Cat y los trineos de la patrulla 82 continuarían la marcha hasta el cordón Santa Fe en donde el Teniente Goetz realizaría estudios geológicos, recogiendo muestras de rocas de esas montañas jamás visitadas por el hombre.

Sobre la medianoche del 4 de noviembre se llegó a la Base Sobral, con una temperatura de 33º bajo cero pero con el Sol brillando alto sobre el horizonte Sur.

En Sobral, la columna se estacionó para efectuar tareas de mantenimiento mecánico; los trineos habían sufrido daños en sus patines y los vehículos debían ser repasados pues el tramo entre Belgrano y esta base había sido mas duro de lo previsto.

Además, aquí comenzó a tomar importancia una herida en la mano sufrida por el Sargento Primero Guido Bulacio que, en definitiva, debió ser separado de la expedición. No se podía correr el riesgo de que sufriera una infección o congelamiento.

En una sencilla votación –el general Leal sostuvo que la misión era antes que nada un trabajo de equipo -, se resolvió incorporar al grupo de asalto al Sargento Ayudante Florencio Pérez, de la dotación de Base Sobral.

Hacia adelante, la ruta volvió a ser pesada y peligrosa. El frío acentuado, las grietas y los sastrugis no dejarían de estar presentes un solo momento.

En cuanto a las grietas, cubiertas a veces con débiles puentes de nieve que la disimulan u ocultan por completo, estuvieron a punto de “engullirse” a algunos de los Sno-cat; felizmente, en ellas solo se perdieron trineos con provisiones.

Los duros filos de los sastrugis orientados de E a W, obligaban a pasarlos de frente tornando la marcha peligrosamente lenta.

En ningún momento la gente olvidaba que toda demora gravitaba directamente sobre las reservas de víveres y de combustibles.

Ya sobre la meseta polar también los temporales impusieron situaciones de tediosa inmovilidad. “estamos detenidos perdiendo precioso tiempo, consumiendo víveres y combustible que tenemos tan medidos”, registra el coronel Leal en su diario.

El 18 de noviembre el grupo de asalto se separó de la patrulla 82 integrada por el Teniente Adolfo Eugenio Goetz; el Sargento Primero Ramón Villar y los Cabos Primeros Marcelo Álvarez y Leonardo I. Guzmán, cumplida ya la primera parte de su misión: la de actuar como punta de lanza para detectar obstáculos peligrosos para los vehículos de la expedición.

A la patrulla de perros le restaba todavía realizar tareas de cartografía y geología en el cordón de montañas Santa Fe. Pero para los hombres que terminaban su viaje les cabía el honor de ser los primeros que se habían adentrado con trineos hasta esa zona del continente, hasta los 83º2’ de latitud Sur.


CAMPAMENTO DESOLACIÓN


Separados ya de la patrulla 82, los hombres reanudan el arduo camino. Con escasas horas de intervalo se rompen dos trineos y se puede advertir que se vive una situación de cierta gravedad. Los trineos están semidestrozados por el terreno y en una penosa tarea se debe reubicar la carga que llevaban y dejar a uno de los sno-cats como deposito de combustible para el viaje de regreso y un jalón para hallar el camino más fácilmente.

La rotura de los patines de otro trineo impone considerar la situación muy detenidamente. Sin trineos es imposible alcanzar el Polo.

Sobre los 83º de latitud Sur y a 1.900 metros de altura sobre el nivel del mar se arma un campamento en el cual durante dos días se trabajara incesantemente con la soldadura autógena, reparando patines y reforzando la estructura de los vitales trineos. Fueron días en que sobre el pensamiento de la gente pesaron oscuras preocupaciones. El viento fuerte y la nevisca, que cubría poco a poco todos los objetos, gravitaba como una amenaza sobre el animo de todos.

Aquel campamento recibió de sus propios moradores el nombre de Campamento Desolación.

Pero desde ese momento en adelante la proximidad del Polo comenzó a dar a la Patrulla una especial energía.

Desde los 86º los sastrugis fueron cada vez mayores, tan altos como los tractores. En ese mar ondulado de hielo se prosiguió la marcha agotadora hasta los 88º de latitud. Los hombres sentían la cercanía del Polo —apenas a 200 km. de distancia— y el pensamiento volaba... los esperaba el triunfo; por fin la meta tan firmemente perseguida estaba ya al alcance de la mano.

“...Ahora, y a pesar de nuestra confianza en la capacidad de los dos topógrafos —navegadores, no podemos alejar de nuestra mente la posibilidad de que un error de calculo o instrumental—, siempre factible por la permanente agresión que significan los extremosos agentes climáticos de la zona, pudiera habernos llevado a lugares que no sean lo que creemos y tenemos marcados en nuestra carta”, informa Leal.

El terreno comenzó a mejorar recién hacia el 8 de diciembre cuando los fieles Snow-Cat se arrastraban a 2.645 metros sobre el nivel del mar.

El 9 de diciembre, tras una última etapa de marcha de 28 horas de duración, se estima estar a 45 km. del Polo y de la base Amundsen-Scott instalada allí por Estados Unidos. Por eso se procede a ordenar cargas y vehículos: el personal se apresta física y espiritualmente para cubrir el ultimo y breve tramo de la marcha.

Al día siguiente, 10 de diciembre, fecha inolvidable para los argentinos, el Coronel Leal desciende de su castigado tractor, el Salta, y planta la bandera de la Patria en la nieve endurecida y solitaria del vértice sur de la Argentina.

Atrás quedan 45 días de marcha, de tensiones anímicas, de pensar obsesivamente en las grietas, en mantener el rumbo correcto en una zona donde la brújula es inútil y el Sol puede ocultarse por horas o días enteros.

El 15 de diciembre, ya cercana la hora del regreso, se izó en el Polo la bandera donada por la Asociación Antártica Argentina, que quedo allí como un testimonio del operativo realizado.

El camino del regreso, ya conocido y jalonado por depósitos, no guardaba ya mayores problemas para aquellos hombres que hicieron gala de tanta entereza en todo momento.

Superados los habituales y desorientados “blanqueos”, la zona peligrosamente fracturada vecina a la Gran Grieta, regresaron a Base Belgrano el 31 de diciembre de 1965.

La hazaña quedaba así cumplida tras 66 días de arduos esfuerzos sobre el casquete glacial.



Fuentes: Artículo escrito en la la página http://www.marambio.aq/ por el Coronel JORGE Edgard LEAL, Jefe de la Primera Expedición Terrestre Argentina al Polo Sur.

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