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Un detalle por muchos ingnorados:
Las Inscripciones en las Hojas de los Sables



My (R) Museólogo, Sergio Oscar Toyos



Todos quienes han egresado de los Institutos de Reclutamiento, a su egreso, han sido investidos con un símbolo de mando: el sable. Al inspeccionarlos, han observado una serie de inscripciones. ¿Cuál es el origen de esta tradición?



Inscripciones en Sables


El historiador Alberto Salas nos dice lo siguiente: “las espadas de la conquista, de los españoles en América, como todas las de su época, tenían grabadas en sus hojas, lunas y divisas, fanfarronas y alentadoras algunas, otras sencillamente amenazantes o devotas a Dios y al Rey. Creemos que las galantes y cortesanas son algo posteriores a la época que tratamos. Una espada caída en 1540 en las llanuras de Kansas, a las cuales como dice Sargent, dan profundidad y plenitud, hallada en 1886, tenía escrito a punzón el nombre de Juan Gallegos y este lema: “No me saques sin motivo ni me envaines sin honor”. Las inscripciones son casi siempre breves y sentenciosas, con profundo sabor popular a coplas y refranes. [...]

- Frente al enemigo, nunca contra el amigo.
- El golpe barajo y cuidado con mi tajo.
- Por mi dama y mi Rey, es mi ley.
- Como soy de buen acero, mi amo debe ser fiero.
- Lealtad toledana.
- Sueño del soldado.
- A Dios rogando y con la espada dando.
- Desenvaino nunca en vano.
- Soy de Rodrigo de Alderete, el que cumple lo que promete.
- No me dejes sin matar herejes.
- Desenvainar no es matar, envainar no es acobardar.
- Al desenvainar, la honra mirar.

En vivo contraste con los lemas anteriormente descriptos, una espada de Felipe II, conservada en la Real Armería, posee esta leyenda en latín: Pro fide et patria, pro Christo et patria – Inter arma silent leges. Soli Deo gloria. En el otro lado de la hoja, se lee Pugna pro patria, pro aris et focis; nec temere, nec timide, fide sed cui vide. [Alberto Mario Salas, Las Armas de la conquista, Buenos Aires, Emecé Editores, 1950].





La traducción al castellano, vendría a significar: Por la fe y la Patria, por Cristo y la Patria. Entre armas, enmudecen las leyes. Sólo para Dios es la gloria. Lucha por la Patria, la religión y la familia; ni temeraria ni tímidamente, confía pero mira en quién.

En los tiempos a que nos referimos, no se concebía que el hombre, civil o militar, noble o plebeyo, no portara un arma y así surgieron los talleres de armería, en los que los artesanos se esmeraban para cumplir los deseos de quienes les encargaban trabajos especiales. Desde el forjado del acero en fraguas en las que el fuego ardía constantemente, los armeros iban dándole al metal en bruto, mediante el calor y aplicación de golpes, la dureza, flexibilidad y resistencia que requería el arma.


Inscripciones en Sables


Terminada de trabajar la hoja, se labraba el guardamano o cazoleta y la empuñadura, como también la vaina, pudiendo ser ésta de metal o cuero con guarniciones metálicas. Generalmente, las espadas eran complementadas por dagas o armas blancas de puño semejantes, igualmente labradas. También es antigua la costumbre de que las armas fabricadas especialmente o por encargo, llevaran un nombre identificatorio, la fecha y lugar de fabricación, y en ocasiones, el nombre del fabricante.

Y respecto del tema que nos ocupa, se hacían con ácidos o labradas con durísimos punzones y pacientes e innumerables golpes que iban dando forma a las figuras y palabras. Algunas armas, generalmente de uso ceremonial o especialmente encargadas por algún noble personaje, llevaban incrustaciones en damasquinado y hasta de piedras preciosas, no escatimándose en gastos para la confección laboriosa y perfecta de estas nobles armas.

Tal vez, los casos más conocidos, sean los nombres de las espadas que pertenecieran a Don Rodrigo Díaz de Vivar, el Cid Campeador, cuyas espadas preferidas se llamaban La Tizona y La Colada. La misma costumbre se observa en los antiguos cañones de avancarga, a los que también se les grababa el nombre, y lugar y fecha de su fundición, a la vez que el escudo de armas de la casa real a la que servía...
En nuestro Ejército, hasta que se normó y reglamentó el tipo de sables a usar por el personal militar, prácticamente hasta la Guerra de la Triple Alianza, existía un gran individualismo en la forma de adquirir las armas y equipos con los que se dotaba al Ejército. A partir de la organización del Ejército Nacional, comenzó a observarse una mayor uniformidad en las adquisiciones efectuadas en el exterior, en la vestimenta usada por el personal y una mayor rigurosidad en el uso de los uniformes, armas y equipos.
Es hacia 1870, que en las espadas y sables de los oficiales, rodeada de grabados de hojas de roble y laurel, comienza a aparecer la leyenda EJÉRCITO NACIONAL, junto con las inscripciones de fabricante, lugar de la forja y armado del arma y eventualmente, el año de fabricación. Hacia 1895, en los sables de caballería para la tropa, mandados fabricar en Alemania, comienzan a aparecer las leyendas REPÚBLICA ARGENTINA y EJÉRCITO ARGENTINO.

Finalizando el siglo XIX, en los afamados sables de acero Solingen, fabricados en Alemania, y comprados por las comisiones de adquisición que encabezara el general Riccheri, entre grabados de laureles y hojas de roble, aparece grabada la inscripción de EJÉRCITO ARGENTINO. Será en el sable adoptado para los oficiales en 1910, que es el modelo actualmente en uso, en el que también aparece la conocida frase SEAN ETERNOS LOS LAURELES, acompañada en algunos ejemplares, dependiendo del año de hechura y del fabricante, la inscripción REPÚBLICA ARGENTINA. En todos los casos, estos grabados se encuentran rodeados de hojas de acanto, laurel y roble, así como también, en algunos modelos, la efigie de la República, también rodeada de los mismos ornatos.

Hacia 1941, con el egreso de la promoción 68 del Colegio Militar de la Nación, los sables comenzaron a entregarse con el nombre del subteniente, la fecha y la firma del Presidente de la Nación, junto con las inscripciones ya mencionadas. El sable, símbolo del mando en el oficial y en los suboficiales superiores lleva de esta forma, estampados en su hoja, una serie de expresiones que de por vida recordarán al dueño el significado de la alta responsabilidad de la que es depositario y le recuerda, en el caso de los oficiales, la oportunidad en que fueron investidos, al igual que los antiguos caballeros de la antigüedad.



flecha Autor del Artículo: Mayor (R) Museólogo Sergio O. H. Toyos


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